Las arenas abrasadoras de las Tierras del Yermo guardan secretos que los vivos harían bien en olvidar, pero la codicia y la necesidad de poder de los Enanos del Caos no conocen límites.
Durante décadas, el Profeta Hechicero Gorgath el Incinerador observó los cielos desde las almenas de Zharr-Naggrund, leyendo los augurios en el humo sacrificial. Sus visiones le revelaron un nexo de poder telúrico latente bajo las dunas: el corazón sepultado de una antigua necrópolis de Nehekhara, rica en obsidiana mágica y fragmentos de almas atrapadas. Convencido de que estos artefactos podrían alimentar las insaciables forjas de los demonios y asegurar su propio ascenso político, Gorgath reunió a sus legiones. Descendiendo de los cielos a lomos de su monstruoso Lammasu, cuya presencia distorsionaba el aire con vientos de magia oscura, el profeta guió a su ejército de hierro, pólvora y malicia hacia el sur profundo.
Sin embargo, el desierto no es un camposanto abandonado; tiene dueños que no duermen.
El despertar de las máquinas de guerra enanas y las profanaciones de las tumbas periféricas resonaron como un trueno en el inframundo. El Sumo Sacerdote Khareph, un milenario y resentido herofante del Culto Mortuorio, emergió de su letargo en el interior de la pirámide negra. Para él, la intrusión de los dawi zharr no era solo una ofensa a los Dioses del Desierto, sino un intento de robar la mismísima esencia vital que sostenía su inmortalidad.
Bajo sus cánticos ancestrales, las dunas vomitaron un destacamento de la muerte. Khareph ascendió a los cielos a lomos de un colosal Dragón de Hueso Necrolítico, una aberración de osamentas unidas por magia espectral que exhalaba el frío de la tumba. A su lado, respondiendo a las ataduras místicas del culto, avanzaba la Esfinge de Guerra Alada de los Mil Tormentos. Esta titánica construcción de piedra lucía las cicatrices de mil batallas; la más notable, la cuenca vacía de su ojo izquierdo, arrancado no hace mucho por una elfa avariciosa y tuerta también en una mas que épica batalla, y ahora reemplazado por un fulgor de fuego espectral que buscaba venganza.
Los dos ejércitos se han encontrado en el Valle de las Estelas Rotas. Los Enanos del Caos han desplegado su artillería pesada y sus filas de guerreros acorazados, listos para esclavizar tanto a los vivos como a los muertos. Frente a ellos, las falanges del Culto Mortuorio avanzan implacables y en perfecto silencio, rompiendo la calma solo con el batir de las alas de hueso y piedra que ensombrecen el sol del desierto.
La batalla por las almas del desierto ha comenzado. Solo los buitres y el polvo testificarán quién se alzará con la victoria.
