Donde se loa el desdichado atropello de Eneath, la profanación de las cabras y el misterio del ojo de zafiro de la noble Ishaya.
Estrofa I: Del infame retorno y el juicio del carro
¡Oíd, nobles señores, la comedia más cruenta,
de cómo el mago Eneath regresó a la contienda!
Quiso el negro destino que el infame hechicero,
«el que huye de las cabras», irrumpiera primero.
En el peor momento y en el peor escenario,
apareció el cuitado con andar temerario.
Mas poco duró el rezo de su labia ladina,
pues un Carro Tuskgor lo mandó a la ruina:
el General de las Bestias, guiando sus jabalíes,
arrolló al desdichado entre gritos febriles.
Estrofa II: De la orgía en el grano y el estiércol pagano
No pudieron las ballestas de la hueste de plata
frenar el avance de la masa beoda y ingrata.
Los Gors y Minotauros, con brutal empuje,
rompieron las defensas donde el viento ruge.
Metidos en el granero, con ansia infinita,
devoraron la alfalfa de la gente bendita.
Y no contentas las cabras con saciar su apetito,
contaminaron con estiércol todo el recinto sagrado y maldito;
dejando el almacén, antes limpio y hermoso,
hecho un muladar de hedor insoportable y penoso.
Estrofa III: De la carga polaca y la simiente pielverde
En el otro flanco la batalla era pura doctrina,
pues el Imperio envió a su mejor hueste vecina:
¡los Mercenarios Polacos, caballeros de acero,
que guardaban el campamento con valor verdadero!
Sus cargas de caballería y sus fieros disparos
troceaban a los Orcos en combates muy caros.
Mas la horda del «Cochino Verde» gozó de la porfía,
disfrutando los mamporros en tan glorioso día;
y aunque fueron diezmados por el noble jinete,
sobrevivieron bastantes para poblar otro brete.
Estrofa IV: Del ojo perdido y la bruja del bosque
De la noble Ishaya Vess nada el viento ha cantado,
ni de los Ojos de Zafiro que el desierto ha guardado.
Dicen las malas lenguas, en susurros oscuros,
que marcha la tuerta por senderos maduros,
buscando una vieja bruja de artes prohibidas
para que inserte la gema en sus carnes heridas.
¡Quiera el cielo que el zafiro en su cuenca vacía
le devuelva la vista… y una pizca de nigromancia un día!


