Donde se cuenta cómo el agudo olfato de las cabras y el rencor de los Orcos unieron sus destinos en pos de la hierba más cara del mundo.
Capítulo I: Del aroma místico que turbó la mente de las bestias
Ocurrió que tras la gran batalla de los carromatos, el viento del oeste llevó consigo un aroma nuevo, dulce y embriagador que penetró en las húmedas narices de los Hombres Bestia. Aquellas criaturas salvajes, cuyos cerebros apenas distinguen el apareamiento de la carnicería, detuvieron sus pillajes. Sus instintos más primarios despertaron ante aquel efluvio celestial: era el olor de la alfalfa selecta de Ulthuan, procesada con magia y abonada con el orgullo de los elfos. Salivando de pura glotonería y con las tripas rugiendo como truenos, la manada comenzó a seguir el rastro aromático a través de los bosques, dispuesta a devorar el prado entero o a morir en el empeño.
Capítulo II: Del encuentro de los hambrientos y los apaleados
Quiso el destino que en mitad de su rastreo, las cabras se toparan con los maltrechos supervivientes de la horda orca del “Cochino Verde”. Los pielesverdes, cubiertos de hollín por culpa del cañón explotado y con el orgullo magullado por las ballestas élficas, seguían con paso torpe las huellas de las ruedas de los carromatos en busca de una sangrienta venganza.
Al cruzarse ambos bandos, en lugar de matarse como dictaba la costumbre, aconteció un milagro de la estulticia. Los Orcos explicaron con gruñidos que buscaban romperle los dientes a los orejas picudas por mero divertimento; los Hombres Bestia respondieron con balidos que ellos solo querían devorar el místico pasto que los elfos custodiaban. Al coincidir la dirección de las huellas con el irresistible aroma, ambas huestes sellaron el pacto más bizarro de la historia militar: una coalición de Orcos sedientos de sangre y Cabras ansiosas por cenar ensalada mágica.
Capítulo III: Del asedio al campamento de la abundancia
Guiados por el olfato de la manada, los incursionistas avistaron al fin el campamento de los Altos Elfos. Allí, los corceles de la Guardia del Mar relinchaban de pura dicha, gordos y lustrosos tras haberse dado el gran festín. Mas la paz estaba a punto de quebrarse.
Con los Orcos afilando sus rebanadoras para buscar un enemigo digno, y los Hombres Bestia con los ojos inyectados en sangre mirando los sacos de alfalfa como si fueran el mismísimo Santo Grial, la tormenta se cernió sobre los elfos. La Comandante Ishaya Vess, aún ajustándose el parche en su ojo izquierdo, ordenó tocar las trompetas de guerra. La batalla por la alfalfa más cara del Viejo Mundo no había terminado… ¡acababa de convertirse en una timba de supervivencia!
