Donde se narra cómo el noble trigo se transformó en gemas, y cómo la fe de los caballeros flaqueó ante el brillo del zafiro.

Es de justicia que los anales aclaren por qué los nobles corceles de Ulthuan padecían tan espantosa penuria que les llevó a confundir lanzas orcas con sabrosas lechugas. La culpa no fue de la intendencia elfa, sino de la más vil de las canalladas.

Las grandes caravanas de suministros que debían abastecer los campamentos estivales —cargadas hasta los topes de finísima avena imperial, manzanas selectas y alfalfa bendecida por los dioses— jamás llegaron a su destino. En los caminos de la retaguardia, feroces bandas de Guerreros del Caos y hordas de Orcos emboscaron los carruajes. Los siervos de los Dioses Oscuros saquearon los víveres con fría soberbia, mientras que los pielesverdes devoraban los sacos de grano a puñados entre sonoras flatulencias y sonrisas burlonas.

Así, mientras el Caos y los Orcos engordaban a costa del grano ajeno, los caballos de la caballería élfica languidecían en el frente, desatando la cadena de locuras que casi le cuesta la campaña a los Altos Elfos.


¡Oíd, nobles señores, la crónica de la gran traición que se cocía en la retaguardia! Al fin se descubrió el paradero de los carromatos de vituallas secuestrados, mas la sorpresa tornose en profunda sospecha. No eran ya los Orcos quienes daban cuenta del grano, sino un severo regimiento de Caballeros de Bretonia el que custodiaba los restos de la comitiva elfa bajo el pretexto de “mantener los caminos libres de villanos”.

Mas en el campamento de los Altos Elfos las dudas corrían más rápidas que los caballos hambrientos. Sabida es por todos la nula simpatía que se profesan los altivos orejas picudas y los devotos de la Dama del Lago; los primeros tachan a los segundos de bárbaros olorosos a estiércol, y los segundos ven en los elfos a unos petimetres afeminados. ¿Por qué, entonces, guardaban los bretonianos los carromatos con tanto celo, si allí solo quedaba avena rancia picada por los gorgojos?

La respuesta era oscura y codiciosa. Oculta bajo los falsos fondos de las carretas no solo viajaba la comida de los caballos. Allí se custodiaba la reliquia que la Guardia del Mar había arrancado de las ruinas de Khemri: los legendarios Ojos de Zafiro, arrancados de la mismísima Esfinge de Guerra antes de que fuera reducida a polvo.

Los bretonianos, cuyos votos de caballería suelen aflojarse sospechosamente cuando hay gemas del tamaño de un puño de por medio, no apartaban sus miradas de los cofres elfos. En el real de Ishaya Vess se rumoreaba, con negro humor, que los virtuosos caballeros andantes ya estaban planeando un “milagro de la Dama” para hacer desaparecer los zafiros y costearse con ellos tres generaciones de vino, castillos y armaduras nuevas. La tensión se cortaba con espada: los elfos marchaban a recuperar su trigo y sus joyas; los bretonianos rezaban para que un oportuno ataque orco les permitiera quedarse con el botín sin manchar su sagrado honor.

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