Donde se narra cómo la implacable Ishaya Vess cruzó las arenas movedizas persiguiendo a un cobarde, para terminar despertando a quien mejor habría sido dejar durmiendo.

Capítulo I: De la justa ira de la Comandante Ishaya y la vergüenza de Ulthuan

No podía el alto honor de los elfos consentir que las hazañas de Eneath, “el que huye de las cabras”, quedaran sin castigo en los anales. Por ello, la altiva y severa noble Ishaya Vess armó a su fiel escolta de la Guardia del Mar. No marchaban con el noble propósito de conquistar reinos, sino con la tediosa y humillante misión de encontrar al místico desertor, arrastrarlo de vuelta por las orejas a Ulthuan y obligarlo a limpiar las letrinas de las Torres Blancas durante los próximos tres siglos.

Siguiendo el rastro de pánico y magia residual que el cobarde iba dejando a su paso, Ishaya y sus marineros cruzaron los mares y se adentraron en los desiertos más inhóspitos del sur. El humor de la Comandante empeoraba con cada grano de arena que se colaba en sus pulidas grebas de plata. Mas la desdicha quiso que, buscando un rastro del mago entre unas ruinas que parecían abandonadas, los pesados pasos de la Guardia del Mar rompieran el techo de una cripta milenaria, cayendo con gran estrépito —y nula elegancia elfa— sobre el mismísimo lecho mortuorio de los antiguos señores de la arena.

Capítulo II: De la inapropiada interrupción y el enojo del Príncipe Aphobas

Bajo el suelo, el Culto Mortuorio se hallaba en mitad de sus solemnes y silenciosos rituales de momificación cuando la Guardia del Mar interrumpió la paz sepulcral. De entre el polvo y los ataúdes rotos emergió el Príncipe Aphobas, un monarca esquelético que llevaba tres mil años sin que nadie osara importunarle la siesta, y mucho menos para buscar a un elfo que les tenía fobia a los animales de granja.

Aphobas, cuyas vendas desprendían un insoportable olor a mirra rancia y a siglos de encierro, alzó su espada marchita. No le importaban las cuitas ni los pleitos de los orejas picudas; mas consideró de una tremenda falta de cortesía caballeresca que los elfos pisotearan sus alfombras sagradas con las botas llenas de barro del norte. Con la implacable disciplina de la tumba, las falanges de esqueletos se alzaron de la arena, crujiendo sus falanges con el único y sano deseo de arrancar la piel de los intrusos para remendar los tapices de la pirámide.

Capítulo III: Donde la muerte aguarda y Eneath sigue sin aparecer

Frente a la marea de huesos, Ishaya Vess desenvainó su espada con una mueca de fastidio. La situación era doblemente trágica: no solo tenían que luchar por sus vidas contra un príncipe momificado de pésimo despertar, sino que, para colmo de males, el miserable de Eneath seguía sin dar señales de vida, probablemente escondido bajo alguna duna rezando para que los muertos vivientes no tuviesen cuernos.

«¡Por los dioses!», exclamó Ishaya a sus hombres, mientras recolocaba su yelmo emplumado. «¡Si salimos vivos de esta carnicería, juro que yo misma despacharé a Eneath antes de que lo hagan las momias!». Así, con el honor herido, la arena cegando sus ojos y una horda de esqueletos ansiosos por cobrar el alquiler de la cripta, la Guardia del Mar se preparó para una batalla donde el bando de la muerte jugaba en casa y el bando de la luz solo quería encontrar a un prófugo.

Capítulo IV: CRÓNICA DEL EMPATE DE SANGRE EN LAS ARENAS DE KHEMRI

Tras un día entero de espantoso y dilatado combate bajo el sol abrasador, el campo de batalla quedó teñido de carmín y polvo, sin que el Dios de la Guerra otorgara la palma de la victoria a ninguno de los bandos, decretándose un empate tan técnico como sangriento.

Quiso la aciaga fortuna que la gallarda Comandante Ishaya Vess pagara un alto tributo por su osadía. Una enorme flecha, disparada por el arco compuesto de un monstruoso Ushabti, silbó en el aire y atravesó el rostro de la noble elfa, despojándola de su ojo izquierdo. En el colmo del dolor y la ceguera, Ishaya tuvo que contemplar cómo, en ese mismo flanco, el mismísimo Príncipe Aphobas, espoleado por un colosal titán de piedra, caía sobre su regimiento de lanceros. Los nobles soldados de Ulthuan fueron triturados y pasados a cuchillo, convirtiéndose en pasto para los buitres del desierto.

Mas no cantaron victoria las momias en sus tumbas, pues el castigo de los elfos fue igualmente terrible. Una pavorosa Esfinge de Guerra, orgullo impío de Khemri, fue rodeada por el acero élfico y reducida a astillas y polvo de oro. Desde los cielos, montado sobre el pálido lomo de su Dragón de Huesos, el Gran Hierofante del Culto Mortuorio solo pudo mirar con horror e impotencia cómo su preciada bestia de guerra era desmantelada, incapaz de salvarla con sus cánticos marchitos.

Al caer la noche, con Ishaya tuerta y maldiciendo en su tienda, y Aphobas barriendo los restos de su esfinge rota, los ejércitos se retiraron a lamerse las heridas. El desierto guardó silencio, y el cobarde de Eneath, para alivio de su propio pellejo, continuó un día más sin aparecer.


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