El gélido subsuelo de la Línea Morfeón custodiaba un secreto mucho más antiguo que las trincheras de hormigón del Imperio. Mientras el viento invernal aullaba entre el alambre de espino, las profundas vibraciones provocadas por los millones de botas y el traqueteo de las orugas imperiales terminaron por fracturar los sellos de criptas que habían permanecido en letargo durante sesenta millones de años. Debajo de la red de búnkeres humanos, los circuitos de un Mundo Necrópolis comenzaron a encenderse uno a uno con una frialdad matemática.

El motivo del conflicto era tan simple como inevitable: el despertar. Para las huestes inmortales de los Necrones, la Línea Morfeón no era una fortificación estratégica del Emperador, sino una plaga de insectos ruidosos construida directamente sobre los tejados de sus palacios de jade y metal viviente. Pero los primeros en reclamar el derecho de propiedad sobre ese suelo helado no fueron los humanos, sino la fuerza de vanguardia de los Orkos. Los pieles verdes, atraídos por el gélido desierto y en busca de chatarra pesada y búnkeres que asaltar, se toparon de frente con la manifestación misma de la muerte mecánica.

El prólogo de la carnicería se firmó en un suspense gélido, oscuro y profundamente malvado. De las grietas del barro congelado y de los fosos antitanque, comenzaron a emerger columnas de luz verde esmeralda que rasgaban la bruma nocturna. En un silencio absoluto y fantasmal, las filas de Guerreros Necrones avanzaron con un tintineo metálico y monocorde, alzando sus rifles gauss con sus órbitas oculares brillando en un fuego espectral. Al otro lado de la trinchera, la respuesta orka no se hizo esperar: el silencio fue pulverizado por el rugido de cientos de akribilladores y el estruendo de sus camiones destartalados acelerando sobre el hielo.

Los Orkos declararon la refriega al instante, excitados ante la perspectiva de enfrentarse a unos “esqueletos de metal que no se mueren fácilmente”. Las armas desintegradoras de los Necrones comenzaron a reducir la carne verde a cenizas atómicas en mitad de la noche, mientras las hachas orkas chocaban contra el metal viviente autorreparable. La Línea Morfeón contenía el aliento: la tecnología atemporal de las dinastías estelares y la furia biológica incombustible de la marea verde acababan de colisionar en un choque de titanes, transformando el baluarte imperial en el matadero de una guerra que la humanidad ni siquiera comprendía.

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