El vapor de azufre sobre el mar hirviente del Archipiélago Volcanus se volvió denso, gélido y pesado, como si la propia física del planeta Armageddon se congelara ante la inminencia de una tragedia inevitable. En la Isla de las Almas Negras, un islote formado por agujas de obsidiana y ceniza, las escuadras de asalto de los Ángeles Sangrientos patrullaban las inmediaciones de un antiguo altar de piedra volcánica. Los guerreros de Baal estaban extenuados; sus armaduras carmesíes aún mostraban las abolladuras de la masacre contra los Tiránidos en la Grieta de Mannheim, y sus mentes luchaban en un silencio sepulcral por mantener a raya los susurros de la Rabia de Sangre.

El silencio no se rompió con rugidos salvajes ni con el estruendo de los bólteres, sino con un zumbido giroscópico, perfectamente coordinado y artificial.

De entre la niebla ácida, sin que los radares tácticos emitieran una sola señal de alarma, emergieron las siluetas herméticas de las Ligas de Votann. Los enanos avanzaban en un orden impecable, con sus visores ámbar brillando en la penumbra como ojos de insectos mecánicos. No venían buscando la guerra por honor, ni servían a los Dioses Oscuros; su motivación era puramente matemática, fría y despiadada.

El Motivo del Conflicto: “El Veredicto de la Sangre Antigua”

El motivo que desencadenó el suspense y la subsiguiente batalla épica fue un descubrimiento biotecnológico único. En el altar de obsidiana de la isla, los Ángeles Sangrientos custodiaban los restos criogénicos de un antiguo héroe de su capítulo, caídos en los primeros años de la colonización de Armageddon. Sin embargo, los avanzados escáneres moleculares de los Votann habían detectado que el genoma de este héroe contenía una anomalía celular pre-Herejía: un código genético capaz de estabilizar y reparar los bancos de datos clonadores de los núcleos Votann, los cuales se degradaban con los siglos.

Para los pragmáticos enanos, ese cadáver congelado era un recurso material de un valor incalculable para la supervivencia de su especie, y su codicia dictaba que debían extraerlo de inmediato, catalogándolo simplemente como “biomasa recuperable de alta prioridad”. Para los Ángeles Sangrientos, la mera sugerencia de que unos alienígenas pusieran sus manos sobre el cuerpo sagrado de un hijo de Sanguinius, pretendiendo profanar su herencia genética para usarla como chatarra biológica, era una blasfemia de proporciones apocalípticas.

Un suspense gélido inundó las playas de arena negra. El Comandante Dante y sus hombres alzaron sus bólteres casi vacíos, sintiendo cómo el desprecio y la furia heráldica congelaban el ambiente. Frente a ellos, el Kâhl de los Votann alzó su hacha de plasma y dio una orden silenciosa a través de las frecuencias de radio internas. Las armas magmáticas de los enanos se encendieron con un brillo azulado, midiendo las distancias con una precisión quirúrgica, mientras que los Ángeles Sangrientos encendieron sus espadas sierra, listos para desatar la Sed Roja antes de permitir que la codicia xenos tocara su historia. El tiempo se detuvo en el Archipiélago Volcanus, y el silencio antes del primer disparo presagiaba que la fosa de lava se llenaría esa noche con el oro de las armaduras alienígenas y el carmesí de la sangre imperial.

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