Ubicación: Isla del Diente de Hierro, Archipiélago Volcanus, Armageddon
Fuerzas Imperiales: Astra Militarum – Regimientos de Choque de Cadia
Fuerzas Enemigas: Traidores Astartes – Devoradores de Mundos
El Secreto tras las Líneas de Humo
La niebla tóxica y ácida que inundaba toda la isla no solo era un veneno para los pulmones; era un sudario que devoraba la luz y distorsionaba las siluetas en el campo de batalla. Los Devoradores de Mundos avanzaron creyendo que se enfrentarían a una línea de defensa desmoralizada y aislada. Lo que nadie se podía imaginar, lo que sus desquiciados sentidos esclavizados por Khorne pasaron por alto entre el vapor de azufre, es que custodiando los pozos geotérmicos estaba desplegado todo un batallón de artillería móvil. En el centro de la fosa, los servidores de armas y mecánicos le estaban limpiando el enorme cañón a un gigantesco Baneblade (Baneblade / Variant “Bane Blade”), rodeado por una temible muralla de tanques Leman Russ y carros blindados que permanecían con los motores al ralentí, listos para desatar el juicio del Emperador.

Las condiciones en el campamento, sin embargo, eran críticas. En esos pozos malditos los Guardias Imperiales tenían de todo, hasta un escuadrón de caballería pesada apostado en los flancos de basalto. Pero las monturas estaban exhaustas; los caballos se encontraban sin desayunar siquiera, nerviosos y piafando en la penumbra. El transporte logístico con las provisiones y el forraje se había retrasado críticamente motivado por la niebla tóxica que cegaba los canales marítimos, dejando a los hombres y a las bestias al borde del colapso físico mientras el enemigo golpeaba las empalizadas.

La Sombra del Dios de la Sangre
El avance de los Berserkers tiñó de rojo las pasarelas metálicas, pero la verdadera oscuridad cayó sobre el archipiélago cuando el cielo pareció fracturarse. El gran Angron, el Primarca Demonio, dirigía el asalto desde la lejanía, suspendido sobre las corrientes de aire caliente con sus enormes alas de murciélago. Observaba la carnicería con un desprecio gélido, hasta que se cansó de mirar y decidió descender en persona para cosechar cráneos y saciar la agonía de los Clavos del Carnicero.
Su caída sobre el campo de batalla fue la de un dios omnipotente y amenazante. Al ver la silueta del Ángel Rojo descender entre el azufre, el pánico se apoderó de las trincheras. Los humanos cambiaron instantáneamente los disparos por oraciones desesperadas al Trono Dorado, aferrándose a sus rosarios imperiales mientras la mole de bronce y carne mutada se acercaba a zancadas destruyendo los búnkeres de hormigón. Su avance fue completamente imparable durante los primeros compases del ataque, desmembrando escuadras enteras y convirtiendo los puestos de guardia en un matadero de vísceras ardientes.

El Veredicto de la Ceramita
Pero la Guardia Imperial no se rinde mientras quede un cañón operativo. Justo cuando Angron se preparaba para asaltar el núcleo de la artillería, el viento ecuatorial cambió de dirección. Al disiparse la niebla tóxica de golpe, la silueta expuesta del Primarca Demonio quedó marcada en los sistemas de puntería computarizados del batallón.
—¡Fuego a discreción en nombre de Cadia! —bramó el comandante desde la torreta.
En un instante de suspense supremo, todos los carros blindados que quedaban en pie concentraron absolutamente todos sus disparos en un único punto. El cañón del gran Baneblade rugió con la fuerza de un terremoto, coordinado con las salvas de plasma, munición pesada y proyectiles perforantes de los tanques Leman Russ. El castigo de fuego fue tan masivo y devastador que la tierra misma se fundió bajo los pies del monstruo. Envuelto en una tormenta de detonaciones sagradas, Angron cayó derrotado, desmaterializándose de regreso al Inmaterium en un estallido de furia impotente. Con el líder herético desterrado, los cansados jinetes y la infantería remataron a los Berserkers aislados, consiguiendo una nueva y gloriosa victoria para los libertadores y, como no, para la fantástica e inquebrantable Guardia Imperial.

