Donde se narran las altas hazañas, las locuras de la carne y la sonada mengua del mago Eneas.
Capítulo I: Del singular desafío y de la insensata carga de los donceles de Ulthuan
Quiso la providencia que en la pequeña vaguada del Gran Arroyo, donde las aguas rugen con fuerza, se encontraran las huestes del bien y de la infamia. Frente a frente, un gallardo Campeón de los Altos Elfos y un descomunal adalid de la ralea pielverde detuvieron a sus ejércitos. Exigía cada cual el derecho de cruzar primero la corriente. Alzáronse las armas y, tras fiero intercambio de mandobles, el acero élfico, guiado por la destreza y el honor, atravesó la impura carne del orco, dejándolo sin vida sobre el lodo.
Mas la victoria tornose pronto en delirio. Una compañía de intrépidos caballeros elfos, poseídos por una temeridad que lindaba con la demencia, espoleó a sus monturas hacia el agua profunda. Dicen las malas lenguas, y no sin falta de mofa, que los caballos de Ulthuan padecían tal hambruna y penuria que, al mirar la otra orilla, confundieron la masa verde de orcos y sus erizadas picas anticaballería con un fresco y jugoso prado de ramas tiernas. Cruzaron a nado los corceles, ciegos de apetito, directos hacia las lanzas enemigas y las flechas de la ralea goblin. Allí, en la orilla opuesta, los insensatos jinetes fueron desmembrados y pasados a cuchillo sin misericordia, pagando con su sangre tan extraña e inexplicable hazaña.
Capítulo II: De la gran maravilla del vórtice y de cómo rieron los dioses
Mientras la desgracia acontecía en el río, una gran hueste de orcos montados en feroces jabalíes embistió el flanco donde formaba el grueso de los Altos Elfos. Allí se hallaba un pomposo Archimago de las Torres Blancas. Durante media batalla sopesó el místico sus conjuros, midiendo con astucia y temor que sus artes no dañasen a sus propios congéneres. Tres veces falló, y cuatro erró en los vocablos, provocando el murmullo de sus soldados.
Al fin, concentrando toda la energía de los vientos de la magia, invocó un supermegagigantesco vórtice de destrucción elemental en el centro mismo de la vaguada. Esperaban todos que la cólera élfica desintegrara a los orcos, minotauros y demás bestias protervas que allí pugnaban. Mas ¡ay, cuán caprichoso es el saber arcano! Cuando el colosal torbellino amainó, la gran montaña de energía solo había servido para remover el suelo: la grava pequeña se convirtió en grava mediana, entorpeciendo tan solo un pelín el paso de los enemigos. Cuenta la crónica que los dioses del orden y de la destrucción cesaron sus disputas para unirse en una sonora carcajada que resonó en los cielos, burlándose de la desdicha del gran hechicero.
Capítulo III: De las hazañas contra el caos y de la infame huida de Eneas, el que huye de las cabras
En el flanco opuesto, la fortuna pareció sonreír a los elfos. Un contingente de diestros guerreros logró pasar a filoso acero a una gran multitud de Hombres Bestia, sembrando el bosque de miembros corrompidos. Sin embargo, la alegría duró poco. De entre la espesura emergieron los monstruosos e imponentes Minotauros, con los ojos inyectados en sangre y las hachas sedientas de vidas.
Viendo que las monstruosas bestias fijaban en él su terrible mirada, el pánico se adueñó del gran mago elfo, que respondía al nombre de Eneas. Olvidando todo voto de caballería, honor y protección hacia los suyos, Eneas tejió un rápido hechizo de teletransporte y desapareció en el aire, dejando a su desamparada unidad completamente sola ante el peligro inminente. Desde aquel aciago día, y por los siglos de los siglos, los anales de la historia despojaron a Eneas de sus títulos, trocándolos por el ignominioso apodo de Eneas, “el que huye de las cabras”.
Epílogo: Del triunfo de las huestes de la noche
Consumadas las traiciones, los errores mágicos y las cargas insensatas, las fuerzas del mal aunaron sus brutales empujes. Los Orcos y los Hombres Bestia, firmes en su violento propósito, aplastaron la última resistencia del Paso Dentado y lograron su ansiado objetivo: cruzar el puente los primeros, dejando atrás un reguero de orgullo elfo pisoteado y leyendas que se contarán en las tabernas durante generaciones.
