El vapor de azufre flotaba sobre las aguas hirvientes de la Isla del Diente de Hierro, en el Archipiélago Volcanus. Tras la gran purga de los Templarios Negros, un destacamento del Astra Militarum —perteneciente a los Regimientos de Choque de Cadia— había sido enviado de urgencia para establecer un cordón sanitario en torno a los pozos geotérmicos del sector secundario. Para los exhaustos soldados imperiales, la misión consistía en asegurar los generadores de energía que alimentaban las defensas de los mundos colmena continentales. Sabían que el terreno era hostil y el aire venenoso, pero lo que sus mapas tácticos y estrategas de retaguardia pasaron por alto fue el rastro de una antigua y terrible maldición disforme.

El motivo de la carnicería inminente no era una disputa por los pozos de energía, sino una llamada mística de pura violencia. Los pozos geotérmicos del Archipiélago Volcanus no solo expulsaban lava; emitían una vibración sónica y psíquica a través de la corteza del planeta que replicaba con exactitud el zumbido de los implantes cerebrales conocidos como los Clavos del Carnicero. Esta frecuencia herética actuó como un faro de sangre para los Devoradores de Mundos (World Eaters). Atraída por la vibración que hacía latir sus sienes con una furia desquiciada, una banda de guerra de los Adeptus Astartes Herejes alteró el rumbo de sus naves de desembarco. No buscaban territorio, ni tecnología, ni la gloria táctica: sus mentes, esclavas de Khorne, solo exigían aplacar el dolor de los Clavos cosechando los cráneos de los soldados imperiales sobre el basalto ardiente.

El prólogo de la masacre se escribió en la penumbra de la tarde volcánica. Mientras los centinelas del Astra Militarum patrullaban las pasarelas metálicas suspendidas sobre los ríos de magma, las aguas negras del océano rompieron con una violencia antinatural. De la densa niebla ácida emergieron las siluetas brutales de las garras de desembarco del Caos, colisionando con una fuerza brutal contra las defensas exteriores del campamento. Antes de que las sirenas del búnker principal pudieran emitir su primer bocinazo de alarma, el aire se saturó con el rugido ensordecedor de cientos de hachas sierra acelerando al unísono.

De los transportes heréticos surgieron los Devoradores de Mundos, con sus armaduras rojas y bronce chorreando agua hirviente y sus ojos inyectados en sangre. Un suspense oscuro y letal cayó sobre las trincheras cuando el primer grito unificado de los traidores eclipsó el trueno del volcán vecino: “¡Sangre para el Dios de la Sangre! ¡Cráneos para el Trono de Cráneos!”. Los hombres de la Guardia Imperial, atrapados entre los abismos de lava y la encarnación viva de la demencia cuerpo a cuerpo, levantaron sus rifles láser con manos temblorosas, sabiendo que la noche en Volcanus se iluminaría únicamente con el fuego de sus armas y los fogonazos de una ejecución despiadada.

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