El humo negro del Archipiélago Volcanus se mezclaba con los gases de soldadura en una de las islas más inestables del cinturón. Allí, asentados sobre una costra de basalto que flotaba directamente sobre corrientes de magma vivo, los Orkos ya estaban consolidando un campamento de proporciones colosales. Fieles a su naturaleza, los pieles verdes habían levantado defensas de chatarra soldada, torretas ruidosas y talleres improvisados que aprovechaban el calor geotérmico de los volcanes para forjar nuevas armas y reparar sus blindados. Para la horda, ese infierno de lava era el taller perfecto y un bastión inexpugnable desde el cual planificar su expansión por el océano de Armageddon.

Sin embargo, la arrogancia de los Orkos encendió el faro de su propia destrucción. El motivo del combate no era una simple disputa territorial; los Templarios Negros se lanzaron al asalto por una justificación sagrada y de un fanatismo innegociable. Los escáneres orbitales de la Cruzada habían detectado que el campamento piel verde se alzaba directamente sobre las ruinas sepultadas de una antiquísima capilla-catedral del Imperio, erigida siglos atrás por los primeros colonos del planeta. Peor aún: las lecturas confirmaban que los Orkos estaban utilizando los fragmentos de las sagradas estatuas de los santos imperiales y las sagradas reliquias de oro para fundirlas y usarlas como blindaje de chatarra en sus rústicos vehículos. Para un Templario Negro, ver los iconos del Emperador profanados en las calderas de los alienígenas era una blasfemia suprema que solo podía purificarse con un exterminio absoluto.

El prólogo de la batalla se firmó con un estruendo que eclipsó el rugido de los propios volcanes. Sin avisos ni preparativos, las cápsulas de desembarco imperiales cayeron del cielo encendido de Volcanus como puños de hierro, estrellándose directamente contra las playas de arena negra y los puentes de roca natural que rodeaban el campamento. De las compuertas abiertas emergieron las vanguardias de los Templarios Negros, con sus tabardos blancos azotados por el viento azufrado y sus espadas encadenadas a las muñecas brillando bajo el resplandor de la lava. Al frente del avance, el Mariscal y sus hermanos de batalla iniciaron una marcha implacable hacia las empalizadas de chatarra, alzando sus armas hacia el cielo de ceniza mientras un único rugido unificado acallaba los truenos de la tierra: “¡Sin piedad! ¡Sin remordimientos! ¡Sin miedo!”. El campamento orko estalló en alarmas y gritos de júbilo alienígena ante la violencia que se les echaba encima, dando inicio a un choque brutal donde el fuego de la fe imperial y la chatarra verde estaban a punto de colisionar sobre los ríos de magma ardiente.

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