El aire de la Grieta de Mannheim se volvió irrespirable, saturado por el hedor a bilis, quitina y el polen necrótico de las esporas alienígenas. Reconociendo la desventaja táctica de combatir en la penumbra subterránea, los Ángeles Sangrientos se posicionaron en el centro del desfiladero, alejándose de las bocas de las cuevas de donde no paraban de salir enormes monstruos Tiránidos. Al frente de la línea de resistencia marchaba Lemartes, Guardián de los Perdidos, con la Compañía de la Muerte a su espalda. Con los ojos inyectados en sangre y la Rabia de Sangre bullendo sin control en sus venas, los enloquecidos guerreros rugían letanías de odio, dejando claro ante el enjambre que los hijos de Sanguinius no conocen el miedo.

Buscando una ventaja estratégica en mitad del caos, una unidad de Veteranos de la Vanguardia decidió ascender a una colina central para tener una mejor visión de la terrible escena y tomar las mejores decisiones tácticas. Fue un craso error. Oculto entre la niebla biológica, un enorme Tiranofex los esperaba como un oso espera a los salmones en el río. Antes de que los veteranos pudieran accionar sus retroreactores, la bestia desató su letal spray ácido; el torrente corrosivo descompuso instantáneamente las servoarmaduras y la carne de los marines, convirtiendo a toda la unidad en zumo de tomate. Fue el último y fatal error que cometieron en su vida. En el flanco inferior, la ironía de la guerra se cobró otra víctima: el Asimilador Norn eliminó por completo a la escuadra de Erradicadores, transformando a los cazadores de monstruos en los cazados.
La balanza pareció equilibrarse por un instante cuando la Compañía de la Muerte, con Lemartes a la cabeza, coordinó un asalto furioso y consiguió destruir a un monstruoso Emisario Norn a golpes de maza y espada sierra. Fue en ese momento de carnicería total cuando el cielo se encendió: el Comandante Dante descendió como un meteoro dorado junto a la Guardia Sanguinaria, mientras el Gran Sanguinor, la manifestación viva de la esperanza del capítulo, entraba en batalla envuelto en una luz cegadora. Pero ya era demasiado tarde. Los Tiránidos ya se contaban por una mayoría abrumadora en Mannheim. Las garras alienígenas destrozaron el blindaje del tanque Gladiator superviviente hasta hacerlo estallar, y acto seguido, la marea orgánica se abalanzó sobre la vanguardia: toda la unidad de Lemartes fue aniquilada, dejando al líder completamente solo y rodeado en mitad de la fosa.

El horror alcanzó su cénit cuando el Terror Rojo apareció por las rocas del desfiladero, reptando con una velocidad espantosa para masacrar a todos los Intercesores que defendían la zona de despliegue imperial. Al ver a sus hermanos devorados y la devastación de sus líneas, el dolor genético de los Ángeles Sangrientos se transformó en un catalizador apocalíptico. Todos los marines supervivientes entraron en una rabia ciega y absoluta, desatando la Sed Roja y bajando a la flota tiránida con una furia suicida.

En un último y agónico frenesí de sangre, los hijos de Baal se cobraron una venganza terrible: mataron al Neurotirano, despedazaron al Haruspex, abatieron al Terror Rojo y ejecutaron al último Emisario Norn en combates cuerpo a cuerpo de pura demencia. Cuando el alba de Tisra finalmente iluminó el desfiladero, solo quedaba un páramo de carne picada y armaduras rotas. Aprovechando el colapso de la mente colmena local, algunos marines exhaustos consiguieron dispersarse entre las sombras de la grieta, y quizás alguno hasta haya sobrevivido a la masacre… pero eso ya es otra historia.


