El silencio que siguió a la matanza de los Orkos fue espeso, pesado y engañoso. En las laderas ensangrentadas de la Grieta de Mannheim, los Ángeles Sangrientos caían de rodillas sobre el barro radioactivo, con los sistemas de sus servoarmaduras pitando en advertencia por falta de munición y sobrecalentamiento. El Comandante Dante y Astorath el Siniestro contemplaban el osario al alba, creyendo que la llanura finalmente estaba pacificada. Sin embargo, la galaxia en Warhammer 40k nunca concede un respiro; el verdadero horror cósmico no hace ruido al marchar, sino que espera a que sus víctimas bajen la guardia.

De repente, los sismógrafos de los escasos blindados imperiales supervivientes enloquecieron. El suelo de la grieta no vibraba por el traqueteo de motores Orkos, sino por un temblor orgánico, subterráneo y asfixiante. En las paredes del desfiladero, los miles de cadáveres de pieles verdes, marines y enanos Votann empezaron a hundirse en la tierra, succionados por repentinas fauces que se abrían en la roca. Una densa niebla de esporas venenosas y necróticas descendió sobre el valle, bloqueando la luz de la estrella Tisra y saturando el aire con un olor a bilis y quitina. La Sombra en la Disformidad cayó sobre Mannheim como un telón de acero, apagando las comunicaciones y sumiendo a los psíquicos en una parálisis de puro terror.

No venían a parlamentar, ni a saquear, ni a vengar un honor herido: venían a alimentarse.

De las profundidades de las fosas tectónicas, emergió un enjambre de Tiránidos de la Flota Enjambre que había permanecido aletargado, esperando el momento exacto en que la biomasa estuviera madura y acumulada en un solo punto. Una marea interminable de Termagantes y Hormagantes trepó por las laderas como una costra viviente de caparazones afilados y garras de guadaña. Detrás de ellos, las siluetas masivas de los Carnifex y los tiranos de enjambre se recortaron contra la niebla, emitiendo chillidos psíquicos que desgarraban los tímpanos. Los exhaustos Ángeles Sangrientos, con las espadas sierra atascadas por la grasa orka y las fuerzas al límite, alzaron sus bólteres casi vacíos. Estaban atrapados en el epicentro de un banquete alienígena, y para la Mente Colmena, los héroes de Baal eran simplemente el siguiente plato de la simbiogénesis.

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