La Grieta de Mannheim se convirtió en una pira de ceniza, lodo y sangre negra.. Tras encarnizados enfrentamientos periféricos que diezmaron las ambiciones de los Hijos del Emperador, los bloques de demolición de los Votann y los restos de los Caballeros del Caos, el verdadero infierno se desató cuando el cielo se tiñó del gris plomizo de Armageddon. Avisado por la patrulla superviviente, el Comisario Sebastian Yarrick llegó a la cuenca como un espectro de venganza. Lideraba una avanzadilla de inserción del Astra Militarum dispuesta al sacrificio absoluto.

La niebla sulfúrica apenas permitía ver el horror a unos pocos metros, rota únicamente por los fogonazos de los rifles láser y los ruidos agónicos de la marea verde. El choque definitivo, el que toda la galaxia aguardaba en sombrío silencio, se produjo en el punto más estrecho y oscuro del desfiladero. Yarrick y Ghazghkull Thraka se encontraron cara a cara entre los cadáveres de cientos de soldados y Orkos.

El combate fue una brutal exhibición de desgaste y odio ancestral. El colosal Kaudillo descargó su Garra de Gorko con una fuerza sísmica, triturando el blindaje del Comisario y rompiendo sus huesos como si fueran ramas secas. Yarrick terminó agónicamente malherido, con su armadura negra empapada en su propia sangre y el cuerpo destrozado a los pies de la bestia.

Sin embargo, el viejo héroe de Hades Hive no cedió. Con un último aliento de pura voluntad imperial, Yarrick activó su propia garra biónica y desató una última descarga táctica que coordinó a los últimos reductos de la artillería. La andanada sepultó por completo la posición orka. Ghazghkull vio cómo absolutamente todos sus guerreros eran aniquilados bajo el fuego apocalíptico del Imperio.

Sabiéndose derrotado en esa posición pero movido por un instinto de supervivencia puramente mecánico, el gran Kaudillo emitió un bufido de frustración. Con un par de saltos erráticos y siseos de su servoarmadura dañada, huyó hacia las sombras de las laderas profundas como un general cobarde y mutilado, arrastrándose para poder liderar el ¡Waaagh! otro día. Yarrick quedó tendido en el barro, semiinconsciente pero con una certeza inquebrantable en su ojo biónico: había vuelto a pararle los pies a la mayor amenaza de Armageddon.

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