Donde se narra cómo la tuerta Ishaya cruzó el océano para topar con un sapo místico, y cómo las lenguas sueltas de Bretonia movieron el cañón y la avaricia del Imperio.
Capítulo I: Del insensato viaje a Lustria y del sapo que leía la negrura
Quiso la extrema desesperación de la noble Ishaya Vess que sus pasos, ya sin rastro de elegancia, la llevaran en una cochambrosa galera hasta las pestilentes y selváticas costas de Lustria. Llevaba la comandante el parche empapado en sudor y el alma envenenada por el dolor de su cuenca vacía. Buscaba a la vieja bruja que le prometieron los mitos, mas en mitad del fango de la jungla topó con un ser de proporciones colosales y nula prestancia caballeresca: un anciano Sacerdote Slann, un sapo místico tan gordo como sabio, que levitaba sobre un trono de piedra gastada.
Al notar el orondo anfibio la densa y rancia nigromancia que emanaba del cofre de la Guardia del Mar —donde los Ojos de Zafiro malditos aún crujían de magia muerta—, entornó sus pesados párpados. Comprendió el sabio que dejar aquel poder en manos de una elfa tuerta y trastornada era receta segura para el desastre del cosmos. Con gran parsimonia, el Slann dictaminó que los acompañaría para «escoltarlos» en busca de la bruja, aunque en verdad deseaba vigilar el botín. Ishaya, viéndose sola en un continente infectado de mosquitos del tamaño de puños y hombres lagarto que la miraban con hambre, no tuvo más remedio que tragar su orgullo de Ulthuan y aceptar al sapo como guía de caminos.
Capítulo II: De las lenguas largas de Bretonia y la gran codicia de los hombres
Mientras la elfa parlamentaba con la fauna local, al otro lado del Gran Océano la verdad era de nuevo pisoteada por el orgullo de los mortales. Los caballeros de Bretonia, que tan bien habían defendido el convoy de la alfalfa más cara del mundo, poblaban ahora las tabernas de mala muerte. Con el gaznate lleno de vino peleón y el ego inflamado, repetían sus hazañas ante cualquiera que les pagara una jarra. Y como es sabido que al humano le agrada el halago más que el pan, en cada relato la caravana ganaba tres carromatos, la alfalfa se convertía en oro puro y los zafiros elfos pasaban de ser dos gemas a ser un tesoro capaz de comprar el Viejo Mundo entero.
Estas habladurías, preñadas de exageración y codicia, corrieron como la pólvora por los caminos hasta llegar a las ricas fundiciones de Nuln. Allí, un adinerado y pomposo General del Imperio, al oír que unos elfos andaban por el mundo con cofres rebosantes de riquezas sin cuento, ordenó tocar los tambores de leva. Sin perder un minuto, armó una colosal expedición financiada por los mercaderes más avariciosos, cargando en sus barcos no solo hombres, sino la flor y nata de la artillería imperial, jurando por Sigmar que aquellas joyas bien valían una masacre al otro lado del mar.
Capítulo III: Del asedio de Quetzuolpouoichilzen y la pólvora del Imperio
Siguiendo el rastro de seda rota, sangre elfa y las huellas de barro que Ishaya iba dejando en su demencia, la gran flota de Nuln arribó a las costas de Lustria. La desdicha quiso que localizaran a la comitiva elfa justo cuando el sapo Slann los guiaba a través de las ruinas de la mítica e impronunciable ciudad de Quetzuolpouoichilzen.
Al ver los brillantes yelmos de la Guardia del Mar recortados contra los templos de piedra, el General del Imperio no se molestó en enviar embajadores ni en respetar la cortesía de la guerra. Sonrió con malicia y ordenó desplegar sus amados cañones y morteros de Nuln frente a las ruinas sagradas. Pretenden los hombres de armas del Imperio, usando la pólvora más atronadora, reducir a escombros la milenaria ciudad con el único, sano y devoto propósito de arrebatarle los “grandes tesoros” a los elfos. Ishaya Vess, con un solo ojo y un sapo gigante por aliado, se prepara ahora para defender su vida en un escenario donde los cañones humanos pretenden silenciar la magia ancestral.

Me encanta pero tengo que recalcar que el Slann no está gordo, es que es de huesos anchos