El aire que azota la Línea Morfeón no transporta ceniza volcánica ni azufre, sino el gélido y penetrante olor a ozono, refrigerante industrial y el óxido de millones de toneladas de fortificaciones abandonadas. Situada en los páramos septentrionales del continente principal de Armageddon, esta gigantesca red de trincheras blindadas, búnkeres de hormigón reforzado y fosos antitanque fue diseñada en el pasado como el último bastión de contención contra el avance xenos. Ahora, es una cicatriz gris de miles de kilómetros que delimita el territorio controlado por el Imperio de la anarquía salvaje de los páramos exteriores.

Bajo el cielo plomizo y tormentoso, el paisaje de la Línea Morfeón es de un suspense asfixiante. Kilómetros de alambre de espino herrumbrado, torres de vigilancia desiertas que rasgan las nubes y cañones de defensa orbital mudos forman un laberinto labrado en el barro helado. La tierra aquí está muerta, saturada de metralla y antiguas promesas de gloria. Los búnkeres, que alguna vez albergaron a batallones enteros, ahora son ecos de sombras donde el viento invernal aúlla por los respiraderos, imitando los gritos de los caídos.

Tras la gloriosa pero costosa victoria en el Archipiélago Volcanus, las fuerzas de la Alianza de los Liberadores se despliegan en este gélido frente defensivo. Sin embargo, no hay tiempo para el descanso. Los radares tácticos ya parpadean en la oscuridad de los puestos de mando: las hordas enemigas avanzan con el único propósito de quebrar esta barrera sagrada, mientras facciones oportunistas vigilan desde el horizonte. La Línea Morfeón se alza imponente, pero en sus trincheras se respira la certeza de que el metal y el hormigón solo aguantarán si se defienden con sangre. La tormenta se avecina sobre el baluarte del Emperador, y el frío de la noche promete congelar el destino de quienes osen cruzar la línea de fuego.


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