El sol de Tisra ya se había ocultado por completo cuando el convoy de relevo del Astra Militarum alcanzó las coordenadas asignadas en el corazón de la Grieta de Mannheim. Los motores quiméricos de los camiones de transporte roncaban pesadamente en la oscuridad de la noche, pero a medida que las tropas descendían con sus linternas encendidas, una confusión helada comenzó a apoderarse de los oficiales.
Allí donde los mapas tácticos y los radares de satélite indicaban que debía levantarse el puesto de mando avanzado con sus búnkeres de hormigón, sus antenas de comunicación y toda la dotación del sargento Hawkins… no había absolutamente nada. No quedaban restos de metal retorcido, ni trincheras excavadas, ni casquillos de rifle láser abandonados en el suelo. La base imperial entera parecía haber sido borrada de la existencia, dejando en su lugar únicamente un páramo estéril de roca maciza y piedra gris, lisa y fría como una lápida milenaria.
—Aquí el capitán Vance —comenzó a transmitir el oficial al mando a través de la radio de largo alcance, con una voz en la que ya empezaba a filtrarse el nerviosismo—. Hemos llegado al punto de control Alfa-Nueve en Mannheim. Repito, la base avanzada no está. No hay estructuras. No hay rastro de la dotación anterior. Solicitamos confirmación de coordenadas o una explicación del Alto Mando.
La respuesta del Cuartel General se perdió en un torbellino de estática pesada y ruidos parásitos. Mientras los operadores de radio intentaban desesperadamente limpiar la señal, los haces de luz de las linternas de los guardias iluminaron un movimiento errático entre las sombras de unas rocas cercanas. Los soldados alzaron sus rifles láser, apuntando al unísono hacia la penumbra.
De la negrura de la grieta emergió una figura que avanzaba a trompicones, arrastrando las botas sobre la grava. Era un soldado imperial del destacamento anterior. Su uniforme estaba intacto, extrañamente limpio de la sangre y el hollín que habían marcado las batallas del desfiladero, pero su mente estaba completamente quebrada. Su mirada, fija en el vacío y desenfocada, reflejaba el horror incomprensible de haber contemplado los secretos más oscuros de los Ángeles Oscuros. El recluta avanzaba temblando de pavor, abrazándose a sí mismo con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Ignorando las órdenes de alto de sus compañeros y las preguntas del capitán, el soldado superviviente comenzó a deambular entre las tropas de relevo, repitiendo una y otra vez con un hilo de voz monótono, quebrado y aterrador:
—¿Dónde estoy?… ¿Dónde estoy?… ¿Dónde estoy?…
La Primera Legión había cumplido su palabra de absolución. Los datos habían sido confiscados, los testigos eliminados y el mapa de Mannheim redibujado con el frío silencio de la roca. Solo quedaba un cabo suelto que vagaba en la penumbra de la noche, atrapado para siempre en el suspense de un secreto por el que muchos habían muerto esa tarde.
