Durante la sangrienta retirada de los Hijos del Emperador y la posterior masacre de los enanos Votann, las frecuencias de comunicación del Astra Militarum registraron, de manera totalmente accidental, una transmisión de voz distorsionada. Los sistemas de datos de un puesto de mando imperial cercano interceptaron un nombre en clave prohibido y la descripción de un marine espacial con una armadura negra de la Herejía de Horus operando en la zona profunda de Mannheim.

Para el Círculo Interior de los Ángeles Oscuros, que la Guardia Imperial posea un solo dato sobre un Caído es una sentencia de muerte. El Ala de la Muerte (Deathwing) y el Ala de Cuervo (Ravenwing) se han desplegado de emergencia en la grieta. No vienen a parlamentar ni a pedir los registros: vienen a purgar el sector y a confiscar toda la información confidencial por la fuerza, eliminando a cualquier testigo que haya escuchado lo que no debía.

En el puesto de mando avanzado del Astra Militarum, instalado de forma precaria entre las ruinas del centro del valle, los oficiales supervivientes trabajaban a contrarreloj. Los sismógrafos parpadeaban y las radios estallaban en estática mientras intentaban procesar la avalancha de datos de las batallas anteriores. El sargento Hawkins, con el rostro cubierto de hollín y vendajes ensangrentados, custodiaba la entrada del búnker principal, con su rifle láser apoyado en el pecho, respirando el aire gélido con la falsa esperanza de que la noche traería un respiro.

De entre la densa humareda del desfiladero, emergió la vanguardia del Ala de Cuervo. Las motos de asalto de los Ángeles Oscuros, pintadas de un negro azabache que devoraba la escasa luz, cruzaron la llanura muerta como espectros mudos, rodeando el campamento imperial en una maniobra de flanqueo impecable. Antes de que los soldados de la Guardia Imperial pudieran alzar sus armas de dotación en señal de alarma, un destello verde esmeralda anunció la llegada de la muerte desde la órbita: las armaduras de termi-hueso del Ala de la Muerte se materializaron en mitad del puesto de mando mediante teleportación de precisión, bloqueando las salidas con sus enormes escudos de tormenta y mazas de absolución.

El sargento Hawkins se quedó petrificado, mirando fijamente las imponentes siluetas de los Marines Espaciales Leales; hombres que se suponía eran los ángeles del Emperador, pero cuyas lentes rojas reflejaban una hostilidad gélida e implacable. En el centro de la formación, un Capellán Interrogador vistiendo una túnica de color verde oscuro sobre su armadura se adelantó, sosteniendo un báculo de energía cuyo resplandor iluminó los rostros aterrorizados de los soldados.

—Habéis escuchado ecos que no os pertenecen —resonó la voz del Capellán a través de su rejilla vocal, fría como el vacío del espacio—. Entregad los núcleos de datos de comunicación y preparaos para la absolución. El Círculo Interior ha dictado vuestra sentencia.

El sargento Hawkins, sabiendo que entregar los datos significaba la ejecución sumaria de toda su dotación por “herejía de información”, tragó saliva y quitó el seguro de su rifle. Los soldados del Astra Militarum, atrapados en una trampa imposible de comprender contra sus propios protectores, apuntaron con sus rifles láser temblorosos a las moles de auramita y ceramita. El aire de Mannheim se congeló en un suspense agónico: La masacre de la Guardia Imperial estaba a un solo milisegundo de comenzar.

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