Después de que el Comisario Yarrick coordinara esa devastadora andanada de artillería imperial que aniquiló a toda la vanguardia orka, el gigantesco Kaudillo quedó completamente solo.

Fiel a su astucia —que le otorgan los dioses Gorko y Morko— y con un comportamiento mecánico que recordaba al mismísimo General Grievous, Ghazghkull no se quedó a morir en un combate sin sentido. Con siseos de su servoarmadura dañada y un bufido de pura frustración, aprovechó el humo y las sombras de las laderas profundas del cañón para huir y ponerse a salvo. Su objetivo era claro: sobrevivir para poder liderar un nuevo y más devastador ¡Waaagh! en el futuro.

Mientras el humo negro del Profanador destruido aún ascendía desde el centro del valle. Tras la titánica victoria del Comandante Dante, los Ángeles Sangrientos no se detuvieron a celebrar. Con las servoarmaduras arañadas, las capas desgarradas y los bólteres aún calientes, las escuadras de asalto se desplegaron por las laderas superiores de la Grieta de Mannheim. Su misión era asegurar el perímetro, pero los aguzados sentidos de los hijos de Sanguinius, agudizados por la tensión del combate y el acecho de la Rabia Negra, detectaron algo que hacía vibrar las rocas del desfiladero: un eco de risas guturales, siseos de sistemas hidráulicos dañados y el inconfundible olor a grasa pesada y fluidos orkos.

Abajo, oculto en una profunda cuenca sombría que la artillería imperial había convertido en un osario, Ghazghkull Thraka intentaba lamerse las heridas. El gran Kaudillo, tras su humillante huida ante el Comisario Yarrick, se encontraba en mitad de una precaria y furiosa reconstrucción. Apenas le quedaban un puñado de Boyz heridos, unos cuantos Mekánikos que soldaban placas de chatarra a contrarreloj sobre su servoarmadura dañada, y a un Makari tembloroso que intentaba enderezar el estandarte ensangrentado. Era un momento de debilidad inaudito para el Profeta del ¡Waaagh!, una fiera acorralada que rugía de frustración mientras reunía los restos de su fuerza de ataque.

Fue entonces cuando la muerte descendió sobre ellos en un silencio absoluto, roto solo por el rugido súbito de los retroreactores.

Desde lo alto de los riscos, recortados contra la luz agonizante del planeta, los Ángeles Sangrientos se asomaron como ángeles exterminadores. Dante, con su máscara mortuoria dorada reflejando los incendios de la grieta, alzó el Hacha de Perdición apuntando directamente al corazón del campamento orko. A su lado, Astorath el Siniestro y los exhaustos hermanos de batalla encadenaron sus espadas sierra, sintiendo cómo la sed de sangre hervía en sus venas al ver a la bestia de Armageddon tan cerca y tan vulnerable. Abajo, Ghazghkull alzó la mirada; su ojo biónico chispeó en un rojo violento y, lejos de amedrentarse, su Garra de Gorko comenzó a girar con un zumbido mortal. El suspense oscuro de la grieta se evaporó en un milisegundo: el Profeta de los Dioses Verdes y los Hijos de Sanguinius estaban a punto de colisionar en un último y desesperado prólogo de destrucción apocalíptica.

El Comandante Dante apenas tuvo tiempo de dar la orden de asalto cuando el aire de la Grieta de Mannheim se colapsó bajo una presión sónica insoportable. Ghazghkull Thraka echó la cabeza hacia atrás y desató un grito de guerra apocalíptico que hizo vibrar los cimientos tectónicos del planeta. No fue un simple rugido; fue el canal directo del ¡Waaagh!, una baliza psíquica y divina potenciada por Gorko y Morko que resonó en las mentes de cada piel verde a cientos de kilómetros a la redonda, convocándolos a la mayor carnicería de sus vidas.

La respuesta de Armageddon fue inmediata y aterradora. En una fracción de segundo, la aparente ventaja táctica de los Ángeles Sangrientos se desintegró cuando hordas de Orkos empezaron a brotar por todos los sitios imaginables. De las grietas imperceptibles de las rocas, de los túneles subterráneos inundados de lodo y de las laderas superiores que los imperiales creían seguras, emergió una marea verde interminable. Cientos de Boyz sedientos de sangre, partidas de Speed Freeks acelerando sus motos chatarreras colina abajo y Nobz armados con enormes hachas de energía rompieron la bruma, rodeando por completo el perímetro del desfiladero.

Los incautos Ángeles Sangrientos se vieron atrapados en una emboscada total y monumental en el peor momento posible. Exhaustos tras su brutal enfrentamiento previo, los hijos de Sanguinius pasaron de ser los depredadores a ser la presa en un abrir y cerrar de ojos, quedando aislados en pequeños círculos defensivos en el centro del valle. Mientras la marea verde se abalanzaba sobre ellos como un tsunami de músculos y chatarra, Ghazghkull Thraka sonrió con una brutalidad desquiciada: su llamada había sido respondida, su fuerza de ataque estaba unificada y la verdadera masacre de Mannheim acababa de comenzar.

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