El crepúsculo comenzó a devorar la Grieta de Mannheim con una parsimonia cruel. En lo alto, Tisra, la estrella moribunda cuya luz mortecina alimenta el agonizante sistema de Armageddon, empezó a ocultarse bajo el horizonte escarpado, tiñendo las nubes químicas de un color escarlata similar a la sangre seca. Con la retirada del sol, las laderas del desfiladero se poblaron de sombras largas y deformes que se arrastraban hacia el fondo de la fosa, sepultando la cripta y a ambos ejércitos en una penumbra absoluta. El frío de la noche planetaria cayó de golpe, pero ninguno de los guerreros acusó el cambio de temperatura; sus cuerpos estaban congelados en una inmovilidad de piedra.

Tanto los enanos Votann como los Templarios Negros permanecían inmóviles, como estatuas erigidas para conmemorar una tragedia que aún no había sucedido. Los visores ámbar de las Ligas parpadeaban en la oscuridad creciente, reflejándose en las lentes de los yelmos negros de los Marines Espaciales, creando un puente de luces hostiles en mitad de la nada. Nadie respiraba de más. Nadie apartaba la mirada. Los dedos de los enanos continuaban tensos sobre los selectores de tiro de sus armas magmáticas, mientras que el sordo y espaciado tintineo de las cadenas de los Templarios era el único sonido que violaba el silencio sepulcral, provocado apenas por el viento radioactivo de la noche.

Tanto unos como los otros esperaban la mínima acción del contrario, el más leve parpadeo, una orden mal interpretada por los comunicadores o el crujido de una bota sobre la grava. Sabían que el primero en desatar su furia perdería la ventaja de la sorpresa, pero la paciencia de los Votann, basada en el frío cálculo numérico, chocaba de frente contra la paciencia de los Templarios, cimentada en un odio fanático que podía durar milenios. En el centro de ese vacío, la reliquia desenterrada seguía latiendo con su luz prohibida, proyectando destellos heréticos sobre los tabardos blancos y las armaduras alienígenas. Todos estaban preparados para lo inevitable, conscientes de que cuando Tisra terminara de ocultarse por completo, la oscuridad de Mannheim daría paso al fuego de una matanza mútua.

La oscuridad total de la Grieta de Mannheim se desgarró con la primera salva de los Repulsor Executioner de los Templarios Negros. Los colosales tanques gravíticos abrieron fuego con sus cañones láser pesados, impactando de lleno contra los vehículos armados de las Ligas de Votann. Las detonaciones resultantes provocaron unos cráteres enormes en el suelo del desfiladero, iluminando la noche con llamaradas de combustible derretido. Gracias a este impacto inicial, los cruzados imperiales consiguieron tomar posiciones ventajosas en las laderas superiores, rodeando por completo la cripta de la reliquia.

La batalla duró toda la noche bajo un manto de sombras y fuego cruzado. Obligados a ceder terreno ante la presión imperial, los Votann se replegaron de forma metódica hacia las profundidades de la fosa para reorganizarse. Desde sus nuevas coberturas, los enanos desataron una respuesta matemática y letal: concentrando su fuego magmático, consiguieron eliminar a todos los marines de la escolta del Paladín del Emperador y de uno de los Mariscales, dejando a ambos líderes aislados entre la carnicería, aunque éstos lograron sobrevivir gracias a sus benditas armaduras de artificiero. En medio del caos nocturno, en un acto de valentía indescriptible, los Ironkin —los guerreros robóticos de Votann— avanzaron a través del fuego enemigo y consiguieron destruir los Repulsors Executioner de los Templarios, convirtiéndolo en una carcasa de metal ardiente.

Sin embargo, el sacrificio de las inteligencias mecánicas no fue suficiente. A las primeras luces del alba, cuando los rayos de la estrella Tisra volvieron a asomar tímidamente por el horizonte, la realidad del desfiladero quedó al descubierto. Los Templarios Negros ya habían ganado la batalla por puro desgaste fanático y las bajas de los enanos ya eran insostenibless, con sus líneas defensivas completamente desarticuladas. Con las fuerzas imperiales preparándose para el asalto final, al Kâhl Olav y a los últimos supervivientes solo les quedaba una opción: telecomunicar a su base la información obtenida tanto del emplazamiento de la reliquia como la identidad de sus verdugos imperiales, antes de empuñar sus armas por última vez y prepararse para morir con honor en la luz del amanecer.


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