El crujido del taladro de plasma pesado de las Ligas de Votann cesó de golpe, dejando paso a un zumbido eléctrico de baja frecuencia. En lo más profundo de la fosa central de la Grieta de Mannheim, el Kâhl Olav contempló cómo los últimos bloques de roca derretida caían para revelar una cámara sepultada. Allí, flotando sobre un pedestal de obsidiana inmune al paso de los milenios, parpadeaba una reliquia ancestral. Su diseño desafiaba toda lógica conocida por la galaxia, emitiendo una pulsación de energía tan sutil como herética que hizo que las pantallas de los enanos parpadearan con algoritmos corruptos. Justo cuando un especialista Votann estiraba su guantelete cibernético para asegurar el tesoro, el suelo de la bóveda subterránea tembló.

A miles de kilómetros de la órbita de Armageddon, ninguna nave había registrado lecturas. Ningún escáner táctico había detectado cápsulas de desembarco. Sin embargo, en una casualidad imposible de entender, el muro sólido de roca que sellaba el fondo de la cámara se resquebrajó y colapsó desde dentro, como si la misma realidad se hubiera plegado para ponerlos allí. De entre el polvo y la nevasca de escombros, como si hubieran estado esperando en la oscuridad eterna a que la reliquia fuera tocada, emergieron los Templarios Negros. No eran exploradores; era una línea de batalla completa encabezada por su Paladín del Emperador, cuyas cadenas de metal chocaron contra su armadura con un eco fúnebre. Estaban allí, exactamente en el milisegundo preciso del descubrimiento, desafiando todo cálculo matemático de los enanos.

El suspense que inundó la cámara subterránea se volvió oscuro, denso y profundamente malvado. Los Votann se quedaron petrificados con los dedos congelados sobre los gatillos de sus rifles magmáticos, con sus mentes lógicas colapsando ante la absoluta imposibilidad estadística de aquella emboscada en el corazón de la tierra. A escasos metros, las armaduras negras de los Templarios absorbían la escasa luz ámbar de la sala. El Paladín del Emperador levantó lentamente la Espada Negra, cuya hoja parecía cortar el propio aire estático de la cripta, mientras la mirada fija de su yelmo sentenciaba a los alienígenas sin pronunciar una sola palabra. Nadie respiraba. El secreto del universo parpadeaba entre ambos ejércitos y el silencio sepulcral presagiaba que, cuando la primera gota de sangre cayera, la masacre en la grieta sería absoluta.

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