El aire de la Grieta de Mannheim se saturó de un misticismo violento cuando el cielo pareció sangrar. Con las espadas sierra en alto y las armaduras carmesíes refulgiendo en la penumbra, los Ángeles Sangrientos se lanzaron al ataque en masa, barriendo las laderas para ocupar con furia sagrada la zona central del valle. Abajo, imperturbables y envueltos en cánticos de un exceso blasfemo, los Hijos del Emperador aguardaron en sus posiciones. Sin prisa, la legión traidora embarcó en sus Rhinos del Caos blindados; los motores heréticos rugieron, listos para el contraataque, pero su verdadera baza no estaba a la vista. En la oscuridad de las cavernas adyacentes, ocultaron su arma secreta: un colosal y monstruoso Profanador del Caos que esperaba el momento preciso para sembrar el terror.

Cuando la mole biomecánica emergió de las sombras, la tierra misma pareció quebrarse. La aparición del Profanador desató una carnicería indescriptible. Sus enormes pinzas destrozaban servoarmaduras como si fueran papel, y el rugido de sus cañones segó filas enteras de los hijos de Sanguinius en un parpadeo de fuego purpúreo. La devastación fue tan sobrecojedora y antinatural que la fe flaqueó en el lugar más inesperado: el gran Capellán de los Ángeles Sangrientos, superado por el horror disforme, rompió filas y huyó como una rata hacia la retaguardia. Al presenciar semejante acto de cobardía en un líder espiritual, Astorath el Siniestro perdió por completo el control, quedando estupefacto y paralizado por la incredulidad, incapaz de comprender cómo la pureza del capítulo se desmoronaba ante sus ojos.

Pero el linaje de Baal no caería ese día. Desde los cielos encendidos por la artillería, descendió la viva imagen de la salvación imperial. El insigne Señor del Capítulo, el Comandante Dante, cayó como un meteoro dorado sobre el campo de batalla. Con su Máscara Mortuoria de Sanguinius infundiendo un pavor divino en los traidores y blandiendo el Hacha de Perdición con una maestría milenaria, Dante puso fin a la masacre al abatir al gigantesco Profanador del Caos en un duelo que sacudió los cimientos del desfiladero. El titán biomecánico colapsó en una explosión de metal corrupto y fluidos ardientes, sepultando para siempre las infames esperanzas de los Hijos del Emperador y consolidando una victoria tan agónica como legendaria en los anales de Mannheim.

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