A escasos cientos de metros del contingente del Caos, agazapados entre las afiladas rocas superiores, una escuadra de reconocimiento de los Ángeles Sangrientos observaba el valle. El sargento Lucian, con los sentidos hiperdesarrollados de los hijos de Sanguinius, captó al instante el hedor a almizcle rancio y la estridencia visual de las armaduras púrpuras y doradas de los Hijos del Emperador. Al ver a los traidores que corrompieron la galaxia milenios atrás, una oleada de justa furia —y un peligroso eco de la Rabia Negra— comenzó a hervir en el pecho de los marines espaciales imperiales.

—Hijos de la traición detectados —susurró Lucian por el canal de voz interno, desenfundando su espada sierra con letal parsimonia—. Preparad las espadas. El Emperador exige su purificación.

Sin embargo, el sigilo de los Ángeles Sangrientos flaqueó cuando el ronroneo de sus espadas sierra resonó en el aire estático de la grieta. Abajo, el Campeón Xantine se giró bruscamente y, al ver las armaduras carmesíes recortadas contra el cielo, su expresión de aburrimiento se transformó en una sonrisa de absoluta y desquiciada felicidad. Para un marine de Slaanesh, la llegada de los hermosos, trágicos y apasionados Ángeles Sangrientos era una mejora estética infinita comparada con la vulgaridad de los Orkos.

—¡Por fin, un público digno! —exclamó Xantine, desenvainando su arma con una reverencia teatral mientras sus hombres reían con desvarío—. ¡Mirad ese rojo tan vibrante, listos para sangrar con elegancia! ¡Compañeros, preparad las armas, vamos a componer una obra maestra de dolor!

Los Hijos del Emperador rompieron su formación de retirada y se giraron con entusiasmo psicótico hacia la ladera, ansiosos por el inminente duelo artístico, mientras los Ángeles Sangrientos se lanzaban colina abajo envueltos en un rugido de odio sagrado.


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