Desde lo alto de una meseta escarpada al norte de la grieta, el Kâhl Olav, del Conglomerado de Votann, ajustó los visores ópticos de su armadura. Su equipo de prospección minera había detectado valiosos depósitos de mineral, pero ahora el sismógrafo solo registraba las vibraciones del brutal dakka orko y los gritos desesperados del Astra Militarum. Olav observó la carnicería masiva con profunda desaprobación pragmática, acariciando su barba trenzada mientras calculaba mentalmente el gasto innecesario de munición y la pérdida de mano de obra barata que aquello suponía.
—Señor, ¿intervenimos para asegurar el yacimiento? —preguntó su especialista en computación, revisando los niveles de energía.
—Una retirada minera eficiente no es cobardía, es optimización de recursos —sentenció el Kâhl, cerrando el mapa holográfico—. Que los pieles verdes y los humies se destruyan gratis. Nosotros cobraremos las facturas después.
Mientras tanto, en el extremo opuesto del cañón, oculto entre sombras de color púrpura y oro, el Campeón de los Hijos del Emperador, Xantine, observaba la misma escena con un aburrimiento insoportable. Para un devoto de Slaanesh, los ruidosos y caóticos disparos de los Orkos carecían por completo de arte, elegancia o una sinfonía de dolor refinada; eran, simplemente, un ruido espantoso, vulgar y horriblemente desafinado. El marine espacial del Caos se llevó una mano enguantada a la sien, sufriendo una genuina migraña por culpa de la absoluta falta de estética de la batalla.
—Esto es un asalto a los sentidos, y no del modo divertido —bufó Xantine, envainando su espada de energía con desdén—. Retirémonos antes de que esa vulgaridad orka contagie nuestra gloriosa perfección. No vale la pena manchar la armadura por esto.
