El sargento Hawkins apretó los dientes mientras el sismógrafo de mano de su dotación de la Guardia Imperial parpadeaba en un rojo histérico. En el fondo de la Grieta de Mannheim, se suponía que el destacamento del Astra Militarum realizaba una patrulla de reconocimiento “sigilosa”, pero el ensordecedor eco de disparos erráticos y risas guturales al fondo del cañón indicaba que el enemigo no compartía el mismo manual táctico. A través de sus binoculares, Hawkins localizó el origen del estruendo: una marea verde de proporciones catastróficas liderada por una montaña de metal andante que solo podía ser el mismísimo Ghazghkull Thraka.
—Por el Trono… —susurró el recluta Miller, temblando tanto que el cañón de su rifle láser parecía una batidora.
—¡Silencio, maldita sea! —siseó el sargento—. Informen al puesto de mando: contacto visual con el objetivo Alfa. Repito, el bicho grande está aquí.
Al lado del gigantesco Kaudillo, un retorcido Gretchin ondeaba un estandarte mugriento mientras los Orkos disparaban al cielo, aparentemente peleándose por ver quién hacía más ruido con su chatarra. La disciplina imperial dictaba mantener la posición y esperar refuerzos de la artillería Basilisk, pero el sargento sabía que la sutileza no servía contra seres que medían el éxito militar en decibelios.
Justo cuando Hawkins iba a ordenar la retirada táctica, el recluta Miller tropezó con una roca suelta, soltando un disparo accidental de su rifle láser que impactó directamente en la reluciente calva del Orko más cercano. El enorme grupo de alienígenas se detuvo en seco, girando sus brutales rostros hacia el escondite de la Guardia Imperial con una mezcla de sorpresa y absoluta felicidad.
—¡Fuego a discreción, por el Emperador! —bramó el sargento, asumiendo que sus vidas durarían exactamente lo que tardara la mole de metal en activar su garra.
